noviembre 28, 2022

El Nuevo Guárico

Libre, Plural y Objetivo

El cierre de los puentes y la obsesión guerrerista

Por

 César Pérez Vivas

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El lunes 26 de septiembre de 2022 se anunció con bombos y platillos la reapertura de los puentes que comunican a Venezuela y Colombia, por la frontera del Táchira con el Norte de Santander.

Inicialmente se había anunciado la presencia de ambos presidentes en el emblemático e histórico puente Simón Bolívar que une a San Antonio del Táchira con la población de La Parada, en territorio de Colombia, para hacer efectiva la medida. Luego se comunicó que por razones de seguridad no lo harían. Al final, asistió el mandatario colombiano, Gustavo Petro.

¿Cuál es el saldo de la irracional decisión tomada por Nicolás Maduro el jueves 20 de agosto de 2015? ¿Se puede justificar históricamente esa arbitraria medida de cierre del paso fronterizo?

La excusa de Maduro para tomar semejante decisión fue un, aún no aclarado, incidente en el que dos militares venezolanos resultaron heridos en un barrio de la ciudad de San Antonio del Táchira. Un evento no suficientemente aclarado, que la gente de la frontera ubica como parte de actividades ilegales recurrentes, en esos barrios próximos al río que nos separa del vecino país. No fue por lo tanto un hecho o refriega entre las fuerzas militares de los dos países, ni siquiera con grupos armados al margen de la ley. Fue un evento de hampa común. No se trató de un asunto que evidenciara una agresión del Estado colombiano a la seguridad e integridad del territorio venezolano.

La decisión de un estado de excepción y un cierre de fronteras que se ha extendido por 7 años ha resultado una media tan brutal y destructiva, que evidencia claramente la falta de sentido de las proporciones de una camarilla a quienes para nada importan la vida de millones de seres humanos afectados por una política tan absurda como irracional.

La desproporción existente entre el hecho, supuestamente causal, y el tamaño de la decisión tomada puede ser apreciada en este momento de forma mucho más nítida.

Han pasado siete años de aquella infausta medida. Siete años de muertes, vejaciones, atropellos, destrucción, ruina, corrupción y barbarie. La última acaba de ocurrir con el lamentable fallecimiento de un exfuncionario de la misma Guardia Nacional que pasando un lote de carne de pollo desde el lado colombiano al venezolano fue arrastrado por las aguas del río Táchira. Traerles pollo a sus vecinos del barrio, del lado venezolano, solo se le permitía si le pagaba el peaje a sus antiguos compañeros y a otros funcionarios instalados en los puentes para extorsionar y hostigar a quienes necesitan cruzar los puentes.

Los resultados están a la vista: cierre de más de 3.000 empresas, pérdida de más de 30.000 empleos, migración de más de 200.000 personas. Más de un centenar de muertos buscando cruzar la frontera, un daño a la salud de millares de seres humanos. Una zona desolada y empobrecida.

Lo grave es que ahora quienes produjeron esta irracional política llegan al puente Simón Bolívar, haciendo gala de un cinismo sin límites, sin reconocer su errática política, y por supuesto sin pedir perdón por tamaño desafuero.

Se presentan en el puente a anunciar una apertura, una integración sin que muestren el más leve sentimiento de arrepentimiento por el daño causado a Venezuela en su conjunto, pero aún más gravemente al Táchira y a su frontera.

Maduro se presenta hoy en el país como si todo el saldo catastrófico generado no fuese consecuencia de su absurda política de guerra, alimentada por una obsoleta ideologización que llevó a la revolución bolivariana a preferir aliarse, con los grupos armados de la guerrilla que con el estado y la sociedad colombiana.

Se anuncia la reapertura como si otros la hubiesen causado. Hoy es fundamental recordar que ese cierre y todas sus consecuencias son el resultado de una absurda obsesión del chavismo y del madurismo. Obsesión por imponer una ideología, por exportar su revolución a Colombia, siguiendo la línea de su mentor el dictador cubano Fidel Castro, que se la pasó toda su vida exportando su modelo a América Latina, a costa del hambre y miseria del pueblo cubano. Obsesión guerrerista, típica de un militarismo burdo. Obsesión absurda de considerar al liderazgo colombiano como enemigo de Venezuela. Obsesión combinada con ignorancia, mala fe y ausencia de responsabilidad.

¿Cuánto tiempo nos costará recuperar el vigor de la vida y la economía fronteriza de hace dos décadas??

Las condiciones de hoy son aún más duras para nosotros los venezolanos. Vamos a concurrir a una apertura, que es necesaria, en condiciones muy débiles y desventajosas. Hoy tenemos un país devastado, una economía arruinada. Hoy nuestras posibilidades de aprovechar ese intercambio natural en histórico son menores, fruto de la absurda política de la camarilla roja. Pero no hay otro camino que abrir esos puentes, permitir, facilitar y promover ese intercambio.

Para alcanzar de nuevo un nivel de vigor y un punto de equilibrio tenemos aquí, en nuestra Venezuela, qué cambiar el modelo autoritario y corrompido del autoritarismo marxista.  Tenemos que impulsar una economía productiva y eficiente. Es en el desarrollo de ese intercambio que lo iremos logrando.

Hoy al oficializarse la apertura debemos continuar monitoreando su desenvolvimiento, pero sobre todo debemos registrar este periodo de cierre como el más nefasto de todos los tiempos. Nunca en los 192 años transcurridos desde la separación de Venezuela de la Gran Colombia, habíamos tenido una etapa tan negativa para nuestra frontera y para las relaciones de ambos pueblos que esta, en la que «la revolución bolivariana” ha ejercido el poder.

Una lección para las próximas generaciones, a las que debemos enseñar la perversión de las obsesiones y la necesidad de cultivar el respeto a la dignidad de la persona humana y a los pueblos en todo momento y circunstancia.